Fuente: El Pais, IGNACIO CEMBRERO - Rabat - 01/05/2011
Tres días después del atentado de Marraquech, Marruecos se pregunta angustiado por qué ahora que se adentraba sin grandes sobresaltos por la senda de las reformas democráticas ha sufrido su mayor ataque terrorista desde hace ocho años. La pregunta, que se hacen todos los actores políticos, aún no tiene respuesta porque ninguna pista conocida conduce a los autores de la tragedia.
El ministro de Interior sostiene que el ataque lleva el sello de Al Qaeda
"Nos preguntamos sobre el momento elegido para este vil acto", indica el comunicado del Foro Verdad y Justicia, una ONG de expresos políticos de izquierdas, que resume las dudas obsesivas que asaltan a la sociedad marroquí. Hoy, 1 de mayo, sus militantes, los de otras ONG y los jóvenes que desde hace más de dos meses exigen en las calles, con un cierto éxito, un cambio de sistema político volverán a manifestarse.
Unirán sus fuerzas a los sindicatos, que acaban de arrancar al Gobierno unos aumentos sin precedentes de sueldos de los funcionarios y de las pensiones más modestas. A sus reivindicaciones tradicionales se añadirá ahora un no rotundo al terrorismo expresado ya a través de múltiples concentraciones espontáneas.
Con una carga explosiva activada a distancia, un terrorista voló el jueves el café Argana, en la célebre plaza Yemaa el Fna de Marraquech. Causó la muerte de 16 personas, en su mayoría extranjeros, e hirió a otras 25, a las que el rey Mohamed VI visitó ayer en los hospitales. Antes recorrió el edificio semiderruido del café Argana. Desde la terraza saludó a una muchedumbre que le aclamaba, en un gesto con el que quiso infundir seguridad a su pueblo.
La mayoría de las víctimas mortales son de nacionalidad francesa -una de ellas, una niña de 10 años- porque de esa nacionalidad son la mayoría de los turistas que visitan Marruecos. Pero entre ellas también hay camareros marroquíes, dos canadienses, un holandés y el escritor británico Peter Moss, de 59 años, autor de libros de viaje.
También figuran entre los fallecidos una mujer israelí embarazada, Mijal Weizman, de 30 años, y su marido judío, de 32, pero cuya nacionalidad no ha sido divulgada. Después de que lo hiciera el ministro del Interior marroquí, Taieb Cherkaoui, su homólogo francés, Claude Guéant, también desmintió ayer que el atentado fuese obra de un suicida. "Alguien colocó una mochila en el suelo del local y la hizo estallar de lejos", declaró al semanario Journal du Dimanche.
Pero Guéant fue menos contundente que Cherkaoui cuando se le preguntó sobre la autoría de la rama magrebí de Al Qaeda: "Hay que esperar a la reivindicación", que tres días después sigue sin llegar. El ministro marroquí afirmó, en cambio, que el atentado era "del estilo de Al Qaeda". París ha enviado a Marraquech a diez agentes de su brigada antiterrorista, que se añaden a los investigadores españoles y estadounidenses que trabajan codo con codo con la policía marroquí.
A la ausencia de reivindicación, a la inexistencia del kamikaze, a la reprobación de la música por los barbudos, se añade otro dato que resta fuerza a la hipótesis de la autoría islamista sin invalidarla. La represión policial y el rechazo de la sociedad habrían acabado en Marruecos con las redes del islamismo violento, cuyo último zarpazo, hace cuatro años en Casablanca, fue un fracaso.
Hasta los integristas más radicales parecen aborrecer ahora el atentado. Una quincena de presos islamistas condenados por terrorismo lograron concentrarse el viernes en una celda de la cárcel de Salé, grabar un vídeo y difundirlo a través de Internet. En él rechazan el atentado.
El 14 de abril el monarca excarceló a un centenar de presos islamistas y se esperaba que, con motivo de la Fiesta del Trono, en julio, muchos otros iban a ser liberados. Aún permanecen unos 500 integristas detrás de los barrotes, según Anassir, la asociación que reúne a sus familiares. Casi ninguno tiene las manos manchadas de sangre, aunque muchos profesan ideas radicales.
Vestido con un polo verde y con un tocado de peregrino musulmán, el islamista que lee el texto ante la cámara acaba comparando la explosión de Marrakech con la que sacudió, el pasado 1 de enero, una iglesia copta de Alejandría, causando 21 muertos.
"Las fuerzas que se resisten al cambio luchan por sobrevivir", dice Ahmed Benseddik, un intelectual de Casablanca. "Intentan abortar la dinámica puesta en marcha por los jóvenes y, sobre todo, asustar a los ciudadanos, al rey y a Occidente", advierte
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